sábado, 9 de enero de 2010

DISYUNTIVA



De Amparo Clement, Valencia, España

No sabía si la odiaba o si la amaba. Presintió que la amaba y que de algún modo especial, sin saber por qué, ella le tenía en sus manos. Ella, la mujer perfecta, la que para él era casi una diosa, la que le hacía olvidarse de sí mismo y entregarse profundamente. Él, siempre ajeno a demostrar sus sentimientos, indiferente a la ternura y sensibilidad. Pensó que quizá la pasión podía cambiar el carácter de un hombre, hasta el punto de dejarse arrastrar por ella con un poder que irradiaba, y al que no podía oponerse.

Él sabía que ella lo manipulaba, que jugaba a su antojo con sus sentimientos sin compasión, pero aún así, existía entre ambos una fuerza que los ligaba, que los mantenía unidos en una lucha de amor y odio a partes iguales.

Acostados uno junto al otro, no se tocaban. Con la mirada perdida en algún punto del techo, ninguno sabía lo que pensaba el otro, y mantenían silencio. Hasta que ella movió su mano lentamente buscando la de él. Se agarraron fuertemente y entonces él supo que de nuevo había perdido la batalla. Durante un breve momento pensó en oponerse a aquel contacto, pero sabía que no podría aguantar si ella continuaba tanteando. Era débil cuando ella ejercicía aquel excitante poder sobre él.

- ¡Te amo! -exclamó al fin, casi sin creerse que aquellas palabras salieran de su boca cuando unos momentos antes sentía que la odiaba.

Ella no contestó, y como única respuesta, dio media vuelta hacia él pasándole el muslo por encima de la cadera. Él suspiró. Sí, definitivamente había perdido la batalla.

TU Y YO




De Amparo Clement, Valencia, España

Me dejo guiar por tus manos. Estoy nerviosa ante la inesperada sorpresa; me has pedido que cierre los ojos, y cuando por fin puedo abrirlos creo hallarme en un salón de algún palacio de la Mil y Una Noches. Una alfombra de pétalos cubre el suelo de la habitación, decenas de velas la iluminan y un aroma a incienso suave flota en el ambiente. Me ofreces una fresa bañada en chocolate, tú mismo la pones en mis labios, y al cruzar nuestras miradas puedo ver tus pupilas brillantes. Río, y me dices que mi risa te hace palpitar. Me siento derretir por dentro, al igual que el chocolate se funde en mi boca; cierro los ojos y alcanzo a escucharme a mí misma pedirte que me hagas el amor, que me desnudes lentamente, besando cada parte que vayas descubriendo.

Una emoción grandiosa nos une a ambos en un instante, un deseo inminente que surge desde lo más recóndito de nuestro ser, y ya nuestras manos deambulan sin rumbo en un intento de abrazar, de abarcar, de tocar y sentir.

Aceleras mi sangre y olvido todo pudor, no hay lugar para nada más en este mundo, sólo tú, sólo yo, y toda la noche para amarnos. Cada hora, cada minuto, cada segundo serán testigos de nuestra pasión, en este universo nuestro, privado, en el que todo nos está permitido.

Ven... Empieza este juego conmigo.

SENTIDOS



De Amparo Clement, Valencia, España

Quiero que esta noche me ames con caricias nuevas, y que con cada suspiro mi cuerpo tiemble entre tus brazos.

Bésame, tómate, deja que nuestros cuerpos hablen por nosotros, que ni tu boca y la mía pronuncien palabra alguna, que sólo oigamos el latir de nuestro interior. Que el amanecer nos encuentre piel con piel, embriagados el uno del otro, dibujando el amor con nuestras manos en cada roce, con nuestros labios en cada beso; recorriendo cada centímetro, cada rincón, cada espacio. Nuestros dedos son el pincel que tatúa con fuego el delirio que sentimos.

Rendidos los dos al placer de las sensaciones, no podemos ver más allá del reflejo de nuestros ojos. Mi mirada se pierde en la tuya y te pide que unamos nuestro ser, y las estrellas son testigos de nuestra pasión, mientras tú, lenta, suave, profundamente me vas llenando, pareciendo que bailáramos los dos al ritmo de este arrebato que nos moja, nos sacude, nos somete y nos quita la razón.
Dos almas en una unión perfecta.

A SOLAS



De Amparo Clement, Valencia, España

Dolores era una de esas mujeres de edad imprecisa. Aunque ya no era joven, su rostro poseía un atractivo peculiar, con grandes ojos negros y labios carnosos. Aquélla mañana se había levantado con especial mal humor, y mientras se observaba en el espejo del cuarto de baño, pensaba que la vida había sido injusta con ella al no encontrar un hombre a quien amar y que la amase.

Se miró de frente y de perfil, se atusó el cabello y frunció el entrecejo. "No soy tan fea", pensó, "tal vez la nariz demasiado grande". Permaneció unos minutos contemplando su imagen fijamente, cuando sintió una súbita oleada de calor. Salió del baño y entró en su dormitorio, abriendo la ventana para que entrase un poco del aire fresco de la mañana. Se desprendió de la bata y se echó sobre la cama, fijando la mirada en un punto del techo. Extendió el brazo para alcanzar el abanico que tenía sobre la mesita de noche. Aquel calor la estaba sofocando." ¡Ay, señor! ", suspiró, "lo que daría por tener un hombre a mi lado".

Soltó el abanico de golpe sobre la cama y se quedó inmóvil, escuchando su respiración, que por segundos parecía cada vez más agitada. Notó un hormigueo que comenzaba a recorrerle el cuerpo, subiendo por sus piernas hasta los senos que se movían acompasados a la respiración. Sin pensarlo más se quitó la ropa interior con un movimiento rápido, centrándose en su propia desnudez. Cada poro de su anatomía rezumaba sudor, y su mente comenzó a fantasear.

Alguien irrumpía en mitad de la noche en su habitación, no podía verle el rostro, pero ella intuía que era alguien de hermosas facciones y cuerpo musculado. Alguien que, sin mediar palabra alguna, le arrancaba la ropa y le hacía el amor con fiereza.
Dolores cerró los ojos y se entregó sin remedio a aquel frenesí que la dominaba, sintiéndose flotar en un mar ardiendo. Sus manos recorrían su propio cuerpo imaginando que eran las de su amante nocturno, un amante que le abría las piernas y le mostraba su masculinidad vigorosa, para poseerla inmediatamente. Y mientras, ella, entre gemidos, se dejaba hacer, deseando que aquél encuentro imaginario no acabase nunca.

Se debatía entre jadeos, al tiempo que con su mano alcanzaba el orgasmo, sacudiendo su cuerpo con temblores rítmicos. Poco a poco, Dolores se fue recobrando y tomando nuevamente conciencia de su entorno y su realidad. El sofoco iba desapareciendo, y con él la imagen de aquel amante ilusorio, cómplice de sus delirios en solitario.

LA AMANTE



De Amparo Clement, Valencia, España

He escuchado el sonido de la llave en la cerradura. Estás aquí. Ya ha anochecido y te estoy esperando con impaciencia. Siento mi corazón latir con fuerza al imaginar nuestro inminente encuentro.

Ya te tengo entre mis brazos, déjame cubrir tu rostro de besos y caricias. Me gusta observarte, admirar el deseo en tus ojos, en tu boca, mientras la piel de nuestros cuerpos parece quemar de pasión. Entra sin temor en mis sentidos, acaricia mis pensamientos al tiempo que este fuego cada vez se hace más intenso. No te demores, tenemos poco tiempo. Quisiera estar toda una vida tocándote, amándote, disfrutando de cada segundo de este delirio. Estamos temblando los dos, nuestra piel mojada de sudor parece derretirse en un mar ardiendo. No quiero que acabe este momento, no puedo resignarme a ser sólo tu amante.

EL BAÑO



De Amparo Clement, Valencia, España

Llegaron al pequeño refugio mojados y exhaustos. El paseo había valido la pena pues los parajes eran hermosos, pero la tormenta los cogió desprevenidos y tuvieron que regresar rapidamente a la cabaña. Al entrar se sintieron reconfortados por el calor que emanaba la pequeña estufa de leña. Ana propuso compartir juntos un agradable baño en agua bien caliente, y Juan aceptó encantado la sugerencia.

Comenzó por desprender a Ana de las botas empapadas y luego se quitó las suyas. Mientras le quitaba la chaqueta y desabrochaba el grueso jersey, besó a la joven prolongadamente. Los vapores del agua empañaban el pequeño baño, y ambos se sentían cada vez más estimulados. Terminaron de quitarse la ropa el uno al otro, lentamente, como en un ritual. Al fin, el hombre retiró la ropa interior de ella, deteniéndose para acariciar sus senos. Se abrazaron, deleitándose con el aroma que emanaban sus cuerpos.

Se sumergieron en el interior de la bañera y Juan comenzó a enjabonar lentamente la espalda de Ana. El contacto era suave y agradable y la mujer cerró los ojos sintiendo que las manos de Juan la acariciaban en los lugares que a ella más le gustaba.

El joven continuó extendiendo la perfumada espuma por las piernas de la chica y por cada uno de sus pies. Ana reía al sentir las cosquillas que le producía el contacto de las manos en la planta de los pies. Se miraron a los ojos y se besaron, lenta y suavemente. Juan sintió su virilidad que ya pugnaba por entrar en contacto con la mujer. Sin embargo, continuó enjabonando el cuerpo de ella, los brazos, los pechos firmes, el vientre, hasta llegar al lugar profundo escondido entre las piernas.

Ella gimió mientras él le frotaba ligeramente, sus cuerpos ya no podían resistirse más a entrar en contacto. Juan la acercó hacia su cuerpo al tiempo que le separaba las piernas. La excitación de ambos se acentuaba mientras se acariciaban mutuamente en sus partes más íntimas. Ella le rodeó con los brazos cuando él la penetró, acoplándose uno al cuerpo del otro. Los espasmos de placer les alcanzaron rapidamente y los recorrieron una y otra vez, suspirando ambos de total satisfacción.

LA ESPERA



De Amparo Clement, Valencia, España

Esta espera está lastimándome el alma. No puedo vivir un día más sin ti. Deseo con ansia que llegue el momento en que pueda sentir tu aliento en mi rostro, tus labios devorando los míos, tus manos recorriendo mi cuerpo, tu peso cálido hasta hacerme temblar las entrañas. Sacia la sed que tengo de amarte y de que me ames, de sentirte fundido entre mis brazos, mientras mi corazón, grita, ríe y llora al mismo tiempo. Embriágame con tu aroma, y cuando veas que ya mi cuerpo te llama con desespero, ámame con locura hasta ahogarme en una felicidad infinita. Amor, te espero...